Una espiritualidad es un modo determinado de vivir la vida cristiana. El Evangelio tiene muchas riquezas y se puede vivir desde muchos ángulos. San Ignacio de Loyola, como muchos otros santos, miró a Cristo y su Evangelio desde su propio punto de vista.

La Comunidad de Vida Cristiana CVX basa su carisma en la Espiritualidad Ignaciana, la cual podemos caracterizar de la siguiente manera:

Ejercicios Espirituales

Como nunca, cantidad creciente de laicos viven a fondo la experiencia de los Ejercicios Espirituales Ignacianos, aun los personalizados completos, ya sea en forma intensivos o en la vida ordinaria. Y va en aumento también el número de laicos que dan Ejercicios, aportando nuevos enfoques y nuevas metodologías.

La CVX ha plasmado en estos años la espiritualidad de los Ejercicios en dos documentos largamente trabajados en común: Los Principios Generales y Nuestro Carisma CVX. En ellos se afirma: “El carisma de CVX y su espiritualidad son ignacianos. Los Ejercicios Espirituales de san Ignacio constituyen la fuente específica de este carisma y el instrumento característico de esta espiritualidad” (Nuestro carisma CVX, 18).

“A la luz de la experiencia fundante de los Ejercicios, la CVX tiene como objetivo la integración de la fe con la vida en todas sus dimensiones: personales, familiares, sociales, profesionales, políticas y eclesiales” (Id., 22).

Cristocentrismo

Toda la experiencia ignaciana está enraizada y fundada en un amor personal a Jesucristo. La petición insistente de los Ejercicios es conocer mejor a Jesús, para poder amarlo más a fondo y seguirlo así más de cerca. Jesucristo es el centro, el motor, la razón de ser de todo el que ha realizado una experiencia seria de Ejercicios. Vivir este inmenso amor a Cristo-persona es el rasgo fundamental de nuestro modo de proceder.

“JESUCRISTO es la gran opción de los Ejercicios y de la CVX”, dice el manual“Nuestro Carisma CVX”. Y los Principios Generales: “Nuestra Comunidad está formada por cristianos -hombres y mujeres, adultos y jóvenes, de todas las condiciones sociales- que desean seguir más de cerca a Jesucristo y trabajar con él en la construcción del Reino” (PG 4).

El ideal cevequiano es amar en comunidad a Jesucristo, para ser así signos de su autodonación, que se traducirá en un servicio humilde y fiel a él en los hermanos, especialmente en la vida familiar y profesional. Los matrimonios cristianos buscan de una forma especial seguir y servir en pareja a Jesús, viviendo su fidelidad como signo de la fidelidad de Dios con su pueblo y de Cristo con su Iglesia, una fidelidad que nace del amor y busca al Amor.

Opción por los pobres

Ese conocer, amar y servir a Jesús se centra de una manera especial en los rostros sufrientes de los “pobres”: campesinos sin tierra, familias sin techo y sin trabajo, niños abandonados, jóvenes desorientados, matrimonios arrastrados por la vorágine de la lucha por la vida, mujeres que se debaten en la angustia por la necesidad de trabajar y de atender a sus hijos, profesionales que viven angustiosamente una desleal competencia laboral... En ellos vemos el rostro de Jesús. Ellos son la concreción de su exigente presencia en esta sociedad neoliberal
donde los valores del desarrollo y la justicia son proclamados a los cuatro vientos, pero que sólo sirven para tapar las desigualdades hirientes, la insolidaridad, el desamor y esclavitudes de todo tipo.

Los Ejercicios ignacianos no llevan jamás a dejarnos flotando en un sonrosado mundo idílico. La espiritualidad de Ignacio lleva siempre a enlodarse los pies en búsqueda servicial y fraterna de personas con problemas. Ello se debe a la insistencia de Ignacio en el misterio de la Encarnación. El Verbo se hizo carne para seguir viviendo siempre entre nosotros. Por eso la sensibilidad para con todo lo humano y la solidaridad con el hombre concreto es una característica típica de la espiritualidad ignaciana. “Creer en Jesucristo es seguir a Jesús, vivir una fe que obra la justicia y toma partido al lado de los pobres...” (Nuestro carisma CVX, 94).

La CVX subraya la dimensión de opción profesional por los pobres, contribuyendo a la construcción de una sociedad más justa y solidaria; no se trata de servicios periféricos paternalistas, sino de servicios cualificados profesionales, que busquen ante todo un desarrollo de las personas y un cambio de estructuras. Para nosotros, al igual que para los jesuitas, está íntimamente unido “el servicio de la fe y la promoción de la justicia”, lo cual nos lleva a la búsqueda de nuevas formas de convivencia humana, vivificadas y vivificantes en Cristo resucitado. Optamos a favor de la vida, en contra de todas las formas de muerte.

Discernimiento

Cuando se quiere vivir sinceramente según Dios, es necesario una actitud constante de búsqueda de su voluntad. Los ignacianos vimos con gozo en el Principio y Fundamento de los Ejercicios que Dios tiene hermosos proyectos para con cada uno de nosotros y para con toda la humanidad. Y para poder ir llevando esos proyectos a la práctica nos esforzamos en discernir qué es lo que él quiere en concreto en cada momento. Lo cual nos obliga a estar muy metidos en la realidad actual y ser al mismo tiempo hombres y mujeres de oración. “Contemplativos en la acción”, diría Ignacio.

“El sentido de discernimiento es un distintivo de nuestro modo de proceder. Se periencia de Dios, como Ignacio, estén en permanente actitud de búsqueda y escucha del Señor, y adquieran cierta sobrenatural facilidad para percibir dónde está y dónde no está.” Son palabras del P. Arrupe. Es aprender a mirar a la sociedad, a la historia y a nosotros mismos desde los ojos de Dios.

Los miembros de la CVX buscamos a Dios en nuestra familia, en el trabajo profesional, en el compromiso sociopolítico y en la vida en comunidad. Los casados vemos y amamos a Cristo de una manera especial en nuestra pareja. Todos conscientes de que vivir en serio nuestra profunda conexión con Dios es el camino de la autenticidad, y por consiguiente, de nuestra felicidad.

La libertad ignaciana

Ignacio la llama “indiferencia”. Se trata de abrirse al atractivo de todo lo bueno, sin prejuicios ni apegos, de forma que podamos llegar a ver con claridad qué es lo que Dios quiere de nosotros, y podamos llevarlo a la práctica.

Todo es conversable y discutible, pero a la luz del proyecto de Dios. Para ello es necesario “hacernos indiferentes”, es decir, objetivos y valientes, interiormente libres para elegir lo que entra dentro del proyecto de Dios.

Para alcanzar la indiferencia ignaciana es necesario creer firmemente que todos los seres humanos somos creados por Dios para ser felices realizándonos como personas. Y para poder lograrlo debemos fiarnos de él, que nos ama y es el único que conoce lo que realmente necesitamos para alcanzar esa felicidad.

El “magis” ignaciano

Los Ejercicios nos ponen en actitud de seguimiento a Jesús, de ese Jesús que es cercano, pero exigente. Él siempre pide más: así es el amor. Jamás nos pedirá por encima de nuestras posibilidades; ni menos aun, algo que no sea para nuestra felicidad. Pero él, que nos conoce a fondo, sabe que con su ayuda somos capaces de realizar mucho más de lo que podríamos pedir o pensar.

Nuestro Papá Dios tiene lindos y magníficos proyectos para con cada uno de nosotros. Por eso Ignacio nos transmite en su espiritualidad un deseo de progresar siempre más y más. El “magis” ignaciano se apoya en el reconocimiento del amor poderoso y exigente de Dios.

Esta atrevida confianza en Dios nos tiene que llevar a trabajar por el Reino lo más fielmente posible, con rigor y calidad. Y nos deja abiertos, sin miedos ni prejuicios, para vivir siempre en actitud de búsqueda, detectando las nuevas presencias de Dios en los desafíos de nuestro mundo; dispuestos a crecer y madurar en una fe actual; abiertos a un mayor amor a Dios, una mayor profesionalización, una mayor santidad de vida, personal, familiar y social...

Sentido de cuerpo

La humildad radical de los Ejercicios, a la luz de la encarnación y la misión, nos lleva a buscar a hermanos con los que trabajar juntos, de forma complementaria, en la construcción del Reino.

Experiencias comunes nos han llevado a ideales comunes, a los que queremos llegar en comunidad. Para ello es imprescindible aprender a trabajar en equipo. Lo que somos y tenemos lo ponemos al servicio de los hermanos. Respetamos la diversidad, de forma que nos podamos complementar, justamente porque somos diversos, pero unidos por amor. Así vamos creciendo en nuestra semejanza al Dios Trinitario.

Cevequianos y jesuitas, convencidos de que es Dios quien nos llama, estamos en marcha hacia una colaboración cada vez más estrecha entre nosotros, respetándonos y complementándonos mutuamente, como “amigos en el Señor”, dentro de la espiritualidad ignaciana. Ambos buscamos “pensar y sentir una misma cosa en el Señor”.

Comunidad universal

El Vaticano II proclamó que todo cristiano debe ser consciente de la dimensión universal de su fe. Un sentimiento de fraternidad universal, fruto de la fe en un Padre común, rompe toda las barreras de discriminación entre los seres humanos.

Jesuitas y cevequianos nos sentimos también cada vez más universales. La Compañía de Jesús es una sola en todo el mundo. Y la Comunidad de Vida Cristiana se siente también una sola comunidad mundial.

El jesuita está dispuesto a vivir y trabajar en cualquier parte del mundo donde sea enviado por la obediencia. Entre los miembros adultos de la CVX cada vez va cuajando más la disposición de trabajar donde su presencia sea anuncio de una nueva humanidad, una presencia transformadora y santificante, después de un proceso serio de discernimiento comunitario.

Enviados en misión

El ofrecimiento que cada uno de nosotros hace a Jesús en los Ejercicios, va cuajando poco a poco en actitudes y actividades concretas. Nos sentimos pecadores perdonados, llamados y enviados por Jesús. Sabemos que él tiene un hermoso proyecto para con cada uno de nosotros, proyecto que poco a poco va tomando cuerpo y convirtiéndose en realidad, a través de diversos pasos de discernimiento.

La espiritualidad que vivimos se centra en la fe en un Dios activo, creador, que trabaja sin cesar, y pone el amor en un continuo y mutuo compartir.

Los miembros de la CVX no nos vemos auténticos hasta que no nos sentimos enviados por Jesús a servir, no sólo a la propia familia y profesión, sino más allá de la familia y la profesión, en actitud siempre de búsqueda de nuevos horizontes.

Amor a la Iglesia

San Ignacio insistía en el amor a la Iglesia, un amor realista, que ayude a nuestra Madre a caminar con sinceridad y autenticidad hacia Jesús, su única razón de ser. Amor hecho de apertura y respeto profundo hacia todo creyente. Amor que hace vivir y sufrir los problemas y limitaciones de la Iglesia como propios, ejerciendo con libertad y humildad de hijos el caritativo servicio de la crítica que edifica y es, fundamentalmente, autocrítica.

Ignacio quería a los jesuitas como “caballería ligera”, dispuesta a correr con agilidad a donde lo demandaran las necesidades, especialmente en temas de frontera.

CVX siente en la actualidad retos ignacianos, cuyo aporte será muy valioso para la Iglesia: ayudar a cuajar una espiritualidad laical, que lleve a una conversión personal, comunitaria y social de cuño realmente cristiano; desarrollar una teología del matrimonio, a partir de la experiencia de las propias parejas; profundizar en el puesto de la mujer en el mundo y en la Iglesia...

Como algo vivo y en desarrollo, la espiritualidad laical ignaciana se está aun construyendo. Está en marcha ese buscar como laicos a Dios en todas las cosas, ese ser contemplativos en la acción, ese amar y servir en todo, ese unir íntimamente fe y justicia, ese espíritu de superación constante, a partir de la realidad actual, en lugares de frontera, teniendo siempre a Jesús como centro y meta... Con ello responderemos a uno de los vacíos más grandes de la actualidad, el de la falta de sentido de la vida. Éste es nuestro desafío y nuestra esperanza.

Tomado de: Espiritualidad Laical Ignaciana. Caravias sj

 
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