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Francisco
Javier
El estudiante estrella de la universidad de París
que descubre el evangelio ayudado por Ignacio. El misionero que,
desde su llegada a Goa, recorre la India deseando anunciar el evangelio
de Jesús, y en
Japón pone las bases para las misiones posteriores. El navarro
de Javier que, en 1552 muere a las puertas de una China entonces
desconocida. El viajero que escribía cartas llenas de pasión
por su
misión a sus compañeros de Europa. Sigue siendo hoy
una figura cautivadora por su radicalidad, su impulso y su entrega.
Francisco fue el menor de cinco hermanos en la
familia formada por Juan de Jasso, doctor en Leyes por la Universidad
de Bolonia y presidente del Consejo Real de Navarra y por la noble
María de Azpilcueta. El castillo de Javier, bastión
defensivo del Reino de Navarra frente a las tierras de Aragón,
fue el lugar de nacimiento, infancia y juventud de Francisco, la
roca sobre la que forjaría su personalidad enérgica
y decidida y su talante generoso y espiritual, que mantendría
a lo largo de toda su vida.
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| A los 19 años,
Francisco marchó a París y estudió Filosofía
en la Sorbona. Una completa transformación interior,
propiciada por su intensa amistad con Ignacio de Loyola, le llevó
a cambiar el rumbo de su vida y a participar con él en la
fundación de la Compañía de Jesús, grupo
de vanguardia y renovación espiritual, y a extender la fe
católica hasta el confín del mundo.
Recorrió distintas ciudades de Italia
-Venecia, Bolonia, Vicenza y Roma- y desde Portugal, donde trabó
una firme amistad con su rey Juan III, partió para las Indias
Orientales como representante papal.
Llegó a la India, recorrió
la costa de la Pesquería y alcanzó en su recorrido
hasta Ceilán y Malipur. En 1545 viajó a Malaca,
punto estratégico de las rutas portuguesas hacia Oriente
y prosiguió su misión en las islas Molucas, tras una
aventurada travesía de 3.500 kilómetros.
Posteriormente, Francisco alcanzó
las costas de Japón, país desconocido en
Occidente hasta pocos años antes, del que los europeos sólo
habían oído hablar a Marco Polo, bajo el nombre legendario
de Cipango.
Francisco de Javier fue el primer occidental
que se adentró en el territorio japonés, que visitó
sus ciudades, que trató con sus habitantes, vistió
su ropa, comió sus guisos, y descubrió y admiró
sus costumbres. A través de las cartas de Francisco, Occidente
recibió la primera noticia cierta de la existencia de aquel
mundo nuevo.
Recorrió Kagosima, Hirado, Kioto, Bungo
y Yamaguchi, donde se presentó ante su poderoso daimio, Ouchi
Yoshitaka, quien le permitió predicar en las calles de su
ciudad. Javier adquirió por ello una gran popularidad entre
la ciudadanía y se convirtió en prototipo de la civilización
occidental, ignorada hasta entonces en Japón.
Desde Japón, Francisco regresó
a India y emprendió una nueva expedición con la idea
de adentrarse en el gran imperio chino, el más poblado y
poderoso del Oriente, en el que estaba penada con la muerte la entrada
de cualquier extranjero. Lo intentó insistentemente pero
murió a las puertas de China, en la isla de Sanchuan,
cerca de Cantón. Su cuerpo fue trasladado, con veneración
y fervor popular a Malaca y posteriormente a Goa, donde es venerado
permanentemente desde entonces.
La Iglesia Católica lo declaró
santo y lo nombró patrono de la juventud y de las misiones.
Su tierra natal, Navarra, lo declaró desde el primer momento
patrono del Reino. El recuerdo y la veneración por Francisco
de Javier se extendieron por todos los continentes y hoy continúa
siendo una referencia insoslayable de la cultura universal.
Tomado de:
http://www.monomedia.biz/jesuitas/pages/javier/biografEDa.php
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