|
Le visita la Virgen; purificación
en Manresa
Una noche, se le apareció la Madre de
Dios, rodeada de luz y llevando en los brazos a Su Hijo. La visión
consoló profundamente a Ignacio. Al terminar la convalecencia,
hizo una peregrinación al santuario de Nuestra Señora
de Montserrat, donde determinó llevar vida de penitente.
Su propósito era llegar a Tierra Santa y para ello debía
embarcarse en Barcelona que está muy cerca de Montserrat.
La ciudad se encontraba cerrada por miedo a la peste que azotaba
la región. Así tuvo que esperar en el pueblecito de
Manresa, no lejos de Barcelona y a tres leguas de Montserrat. Se
hospedó ahí, unas veces en el convento de los dominicos
y otras en un hospicio de pobres. Para orar y hacer penitencia,
se retiraba a una cueva de los alrededores. Así vivió
durante casi un año.
"A fin de imitar a Cristo nuestro
Señor y asemejarme a El, de verdad, cada vez más;
quiero y escojo la pobreza con Cristo, pobre más que la riqueza;
las humillaciones con Cristo humillado, más que los honores,
y prefiero ser tenido por idiota y loco por Cristo, el primero que
ha pasado por tal, antes que como sabio y prudente en este mundo".
Se decidió a "escoger el Camino de Dios, en vez del
camino del mundo"...hasta lograr alcanzar su santidad.
A las consolaciones de los primeros tiempos
sucedió un período de aridez espiritual; ni la oración,
ni la penitencia conseguían ahuyentar la sensación
de vacío que encontraba en los sacramentos y la tristeza
que le abrumaba. A ello se añadía una violenta tempestad
de escrúpulos que le hacían creer que todo era pecado
y le llevaron al borde de la desesperación.
Finalmente, el santo salió de aquella
noche oscura y el más profundo gozo espiritual sucedió
a la tristeza. Aquella experiencia dio a Ignacio una habilidad singular
para ayudar a los escrupulosos y un gran discernimiento en materia
de dirección espiritual. Más tarde, confesó
al P. Laínez que, en una hora de oración en Manresa,
había aprendido más de lo que pudiesen haberle enseñado
todos los maestros en las universidades.
Tierra Santa
En febrero de 1523, Ignacio por fin
partió en peregrinación a Tierra Santa. Pidió
limosna en el camino, se embarcó en Barcelona, pasó
la Pascua en Roma, tomó otra nave en Venecia con rumbo a
Chipre y de ahí se trasladó a Jaffa. Del puerto, a
lomo de mula, se dirigió a Jerusalén, donde tenía
el firme propósito de establecerse. Pero, al fin de su peregrinación
por los Santos Lugares, el franciscano encargado de guardarlos le
ordenó que abandonase Palestina, temeroso de que los mahometanos,
enfurecidos por el proselitismo de Ignacio, le raptasen y pidiesen
rescate por él. Por lo tanto, el joven renunció a
su proyecto y obedeció, aunque no tenía la menor idea
de lo que iba a hacer al regresar a Europa.
De nuevo en España donde es encarcelado
por la inquisición.
En 1524, llegó de nuevo a España,
donde se dedicó a estudiar, pues "pensaba que eso le
serviría para ayudar a las almas". Una piadosa dama
de Barcelona, llamada Isabel Roser, le asistió mientras estudiaba
la gramática latina en la escuela. Ignacio tenía entonces
treinta y tres años, y no es difícil imaginar lo penoso
que debe ser estudiar la gramática a esa edad. Sin embargo,
el santo hizo ciertos progresos en el estudio, aunque seguía
practicando las austeridades y dedicándose a la contemplación
y soportaba con paciencia y buen humor las burlas de sus compañeros
de escuela, que eran mucho más jóvenes que él.
Al cabo de dos años de estudios en Barcelona,
pasó a la Universidad de Alcalá. Como Ignacio carecía
de los estudios y la autoridad para enseñar, fue acusado
ante el vicario general del obispo, quien le tuvo prisionero durante
cuarenta y dos días, hasta que, finalmente, absolvió
de toda culpa a Ignacio y sus compañeros, pero les prohibió
llevar un hábito particular y enseñar durante los
tres años siguientes. Ignacio se trasladó entonces
con sus compañeros a Salamanca. Pero pronto fue nuevamente
acusado de introducir doctrinas peligrosas. Después de tres
semanas de prisión, los inquisidores le declararon inocente.
Ignacio consideraba la prisión, los sufrimientos
y la ignominia como pruebas que Dios le mandaba para purificarle
y santificarle. Cuando recuperó la libertad, resolvió
abandonar España. En pleno invierno, hizo el viaje
a París, a donde llegó en febrero de 1528.
Estudios en París
Los dos primeros años los dedicó
a perfeccionarse en el latín, por su cuenta. Pasó
tres años y medio en el Colegio de Santa Bárbara,
dedicado a la filosofía. Ahí indujo a muchos de sus
compañeros a consagrar los domingos y días de fiesta
a la oración y a practicar con mayor fervor la vida cristiana.
Pero el maestro Peña juzgó que con aquellas prédicas
impedía a sus compañeros estudiar y predispuso contra
Ignacio al doctor Guvea, rector del colegio, quien condenó
a Ignacio a ser azotado para desprestigiarle entre sus compañeros.
Ignacio no temía al sufrimiento ni a
la humillación, pero, con la idea de que el ignominioso castigo
podía apartar del camino del bien a aquéllos a quienes
había ganado, fue a ver al rector y le expuso modestamente
las razones de su conducta. Guvea no respondió, pero tomó
a Ignacio por la mano, le condujo al salón en que se hallaban
reunidos todos los alumnos y le pidió públicamente
perdón por haber prestado oídos, con ligereza, a los
falsos rumores. En 1534, a los cuarenta y tres años
de edad, Ignacio obtuvo el título de maestro en artes de
la Universidad de París.
El Señor le da compañeros Las
palabras fervorosas de Ignacio, llenas del Espíritu Santo,
abrió los corazones de algunos compañeros. Por aquella
época, se unieron a Ignacio otros seis estudiantes de teología:
Pedro Fabro, que era sacerdote de Saboya; Francisco Javier, un navarro;
Laínez y Salmerón, que brillaban mucho en los estudios;
Simón Rodríguez, originario de Portugal y Nicolás
Bobadilla. Movidos por las exhortaciones de Ignacio, aquellos fervorosos
estudiantes hicieron voto de pobreza, de castidad y de ir
a predicar el Evangelio en Palestina, o, si esto último resultaba
imposible, de ofrecerse al Papa para que los emplease en el servicio
de Dios como mejor lo juzgase. La ceremonia tuvo lugar
en una capilla de Montmartre, donde todos recibieron la comunión
de manos de Pedro Fabro, quien acababa de ordenarse sacerdote. Era
el día de la Asunción de la Virgen de 1534.
Ignacio mantuvo entre sus compañeros el fervor, mediante
frecuentes conversaciones espirituales y la adopción de una
sencilla regla de vida. Poco después, hubo de interrumpir
sus estudios de teología, pues el médico le ordenó
que fuese a tomar un poco los aires natales, ya que su salud dejaba
mucho que desear. Ignacio partió de París,
en la primavera de 1535. Su familia le recibió con
gran gozo, pero el santo se negó a habitar en el castillo
de Loyola y se hospedó en una pobre casa de Azpeitia.
Bendición del Papa; aparición
del Señor
Dos años más tarde, se
reunió con sus compañeros en Venecia. Pero
la guerra entre venecianos y turcos les impidió embarcarse
hacia Palestina. Los compañeros de Ignacio, que eran ya diez,
se trasladaron a Roma; Paulo III los recibió muy bien y concedió
a los que todavía no eran sacerdotes el privilegio de recibir
las órdenes sagradas de manos de cualquier obispo. Después
de la ordenación, se retiraron a una casa de las cercanías
de Venecia a fin de prepararse para los ministerios apostólicos.
Los nuevos sacerdotes celebraron la primera
misa entre septiembre y octubre, excepto Ignacio, quien la difirió
más de un año con el objeto de prepararse mejor para
ella. Como no había ninguna probabilidad de que pudiesen
trasladarse a Tierra Santa, quedó decidido finalmente que
Ignacio, Fabro y Laínez irían a Roma a ofrecer sus
servicios al Papa. También resolvieron que, si alguien
les preguntaba el nombre de su asociación, responderían
que pertenecían a la Compañía de Jesús
(San Ignacio no empleó nunca el nombre de "jesuita".
Este nombre comenzó como un apodo), porque estaban decididos
a luchar contra el vicio y el error bajo el estandarte de Cristo.
Durante el viaje a Roma, mientras oraba en la capilla de "La
Storta", el Señor se apareció a Ignacio, rodeado
por un halo de luz inefable, pero cargado con una pesada cruz. Cristo
le dijo: "Ego vobis Romae propitius ero" (Os seré
propicio en Roma). Paulo III nombró al padre Fabro profesor
en la Universidad de la Sapienza y confió a Laínez
el cargo de explicar la Sagrada Escritura. Por su parte, Ignacio
se dedicó a predicar los Ejercicios y a catequizar al pueblo.
El resto de sus compañeros trabajaba en forma semejante,
a pesar de que ninguno de ellos dominaba todavía el italiano.
La Compañía de Jesús
Ignacio y sus compañeros decidieron formar
una congregación religiosa para perpetuar su obra. A los
votos de pobreza y castidad debía añadirse el de obediencia
para imitar más de cerca al Hijo de Dios, que se hizo obediente
hasta la muerte. Además, había que nombrar a un superior
general a quien todos obedecerían, el cual ejercería
el cargo de por vida y con autoridad absoluta, sujeto en todo a
la Santa Sede. A los tres votos arriba mencionados, se agregaría
el de ir a trabajar por el bien de las almas adondequiera que el
Papa lo ordenase. La obligación de cantar en común
el oficio divino no existiría en la nueva orden, "para
que eso no distraiga de las obras de caridad a las que nos hemos
consagrado". No por eso descuidaban la oración que debía
tomar al menos una hora diaria.
La primera de las obras de caridad consistiría
en "enseñar a los niños y a todos los hombres
los mandamientos de Dios". La comisión de cardenales
que el Papa nombró para estudiar el asunto se mostró
adversa al principio, con la idea de que ya había en la Iglesia
bastantes órdenes religiosas, pero un año más
tarde, cambió de opinión, y Paulo III aprobó
la Compañía de Jesús por una bula emitida el
27 de septiembre de 1540.
Ignacio fue elegido primer general de
la nueva orden y su confesor le impuso, por obediencia,
que aceptase el cargo. Empezó a ejercerlo el día
de Pascua de 1541 y, algunos días más tarde,
todos los miembros hicieron los votos en la basílica de San
Pablo Extramuros.
Una de las obras más famosas y
fecundas de Ignacio fue el libro de los Los Ejercicios Espirituales.
Es la obra maestra de la ciencia del discernimiento. Empezó
a escribirlo en Manresa y lo publicó por primera
vez en Roma, en 1548, con la aprobación del Papa.
Los Ejercicios cuadran perfectamente con la tradición de
santidad de la Iglesia. Desde los primeros tiempos, hubo cristianos
que se retiraron del mundo para servir a Dios, y la práctica
de la meditación es tan antigua como la Iglesia. Lo nuevo
en el libro de San Ignacio es el orden y el sistema de las meditaciones.
Si bien las principales reglas y consejos que da el santo se hallan
diseminados en las obras de los Padres de la Iglesia, San Ignacio
tuvo el mérito de ordenarlos metódicamente y de formularlos
con perfecta claridad.
La prudencia y caridad del gobierno de San Ignacio
le ganó el corazón de sus súbditos. Era con
ellos afectuoso como un padre, especialmente con los enfermos, a
los que se encargaba de asistir personalmente procurándoles
el mayor bienestar material y espiritual posible. Aunque San Ignacio
era superior, sabía escuchar con mansedumbre a sus subordinados,
sin perder por ello nada de su autoridad. En las cosas en que no
veía claro se atenía humildemente al juicio de otros.
Era gran enemigo del empleo de los superlativos y de las afirmaciones
demasiado categóricas en la conversación. Sabía
sobrellevar con alegría las críticas, pero también
sabía reprender a sus súbditos cuando veía
que lo necesitaban. En particular, reprendía a aquéllos
a quienes el estudio volvía orgullosos o tibios en el servicio
de Dios, pero fomentaba, por otra parte, el estudio y deseaba que
los profesores, predicadores y misioneros, fuesen hombres de gran
ciencia. La corona de las virtudes de San Ignacio era su
gran amor a Dios. Con frecuencia repetía estas palabras,
que son el lema de su orden: "A la mayor gloria de
Dios". A ese fin refería el santo todas sus
acciones y toda la actividad de la Compañía de Jesús.
También decía frecuentemente: "Señor,
¿qué puedo desear fuera de Ti?" Quien
ama verdaderamente no está nunca ocioso. San Ignacio ponía
su felicidad en trabajar por Dios y sufrir por su causa.
Durante los quince años que duró
el gobierno de San Ignacio, la orden aumentó de diez a mil
miembros y se extendió en nueve países europeos, en
la India y el Brasil. Como en esos quince años el santo había
estado enfermo quince veces, nadie se alarmó cuando enfermó
una vez más. Murió súbitamente el 31
de julio de 1556, sin haber tenido siquiera tiempo de recibir
los últimos sacramentos.
Fue canonizado en 1622, y Pío
XI le proclamó patrono de los ejercicios espirituales y retiros.
Tomado de:
http://www.corazones.org/santos/ignacio_loyola.htm
|